Empezar sin rumbo también es empezar
- 29 ene
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Hay una versión de mí que siempre intenta hacerlo todo bien.Hoy quiero escribirle y decirle que por fin el terreno se ve limpio para poder caminarlo al paso que quiera. Que está bien si quiere correr, trotar, caminar o incluso gatear.
Por primera vez en 28 años, empecé el año sin rumbo. Y cuando digo sin rumbo, me refiero a sin una responsabilidad urgente que me obligara a despertar antes del amanecer porque "tenía que estar en algún lugar".
En esta última semana de enero, debo admitir que no sentí ganas de hacer absolutamente nada, a pesar de todas las resoluciones de año nuevo y del impulso que me tuvo haciendo mil cosas durante los meses anteriores. Y es que me costaba muchísimo hacer algo que pudiera considerarse productivo. Aunque la realidad es que sí estuve haciendo cosas que me gustan: leer, tejer, escribir, y sobre todo, pasar tiempo con las personas que amo.
Aun así, no podía evitar sentir que estaba desperdiciando el tiempo, o que todo eso no tenía sentido.
La verdad es esta: crecí en un entorno donde acostarse en el sillón estaba mal visto. Donde tomarse un descanso solo para existir era impensable. Siempre había un ¿y luego qué? ¿y luego qué sigue? Y fuera lo que fuera ese “siguiente”, nunca era suficiente.
Hoy, sin embargo, por primera vez, me siento libre de esas expectativas. Es como si, por primera vez en mi vida, mi vida me perteneciera. Y por eso mismo, me siento completamente perdida. Y asustada.
El estancamiento me asusta porque me di cuenta de que, de alguna manera, había puesto mi valor personal en función de mi productividad y de mis resultados.
Todavía no tengo respuestas. Solo una mente clara y muchas preguntas incómodas.
No sé si esto sea una pausa, un recalibrar o simplemente cansancio acumulado. Lo único que sé es que ya no quiero medir mi valor por lo que produzco.
Si te nace, cuéntame en los comentarios: ¿cómo se sintió enero para ti, de verdad?

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